| Historia de La Habanera | ||||||
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Un
fenómeno curioso del siglo XIX es el de la habanera y el tango: unas
danzas provenientes de ultramar, sincretizadas en unas tierras
perdidas en 1898, son reconocidas todavía como nuestras, y sirvieron
para identificar la música nacionalista hispana. El origen de los
ritmos de la habanera y el tango ha sido objeto de
muchas hipótesis, algunas de ellas poco verosímiles: desde
las que lo sitúan en las contradanzas francesas de emigrantes de
Luisiana, o en los ritmos africanos, hasta las que lo hacen en los
ritmos de origen andaluz acriollados en las Antillas, como el tanguillo
de Cádiz. En realidad nos encontramos ante un proceso de mutua influencia cultural entre los elementos afro caribeños, criollos e hispánicos. Existe un estrecho parentesco entre los ritmos de la habanera, del tango, del bordoneo a la milonga argentina, de la conga, o del huapango mejicano. Como señala Celsa Alonso en un completo estudio sobre la canción lírica, la habanera bien podría haberse perfilado en los teatros y en la música de salón de las islas del Caribe, a partir de la contradanza cubana, uno de los bailes predilectos de la sociedad de las Antillas.
La contradanza pasó a los salones de la burguesía en forma, ya sea
de canción – impregnada de trazos provenientes de romanzas
francesas y de arias de ópera o zarzuela -, ya sea de contradanza
pianística, uno de cuyos ejemplos más antiguos data del 1803. A
partir de aquellas fechas, los compositores fueron experimentando con
el ritmo del bajo del acompañamiento, y aparecieron elementos
sincopados que desdibujaron la similitud del ritmo binario entre la
habanera y el tango – como hiciera Manuel Saumell, padre del
nacionalismo cubano.
A
la habanera y al tango les quedaba todavía otro camino por recorrer:
pronto llegaría a la península antes de la mitad de siglo. Aquí
acabaría de tomar forma. Impregnada de un aire sensual, exótico y cálido,
fue una bocanada de aire fresco para la música de salón, no sólo
española, sino de toda Europa. Entre 1850 y 1880 aparecieron
numerosas habaneras y tangos para piano, al mismo tiempo que un número
considerable de canciones con acompañamiento de piano o de guitarra.
El éxito de las piezas que Iradier trajo de su viaje a Cuba en el
1857 se reflejó en el mundo de la zarzuela: se oía el ritmo de la
habanera en obras de Barbieri (El relámpago en el 1857 o Entre
mi mujer y el negro de 1859), de Oudrid (que introduce un tango en
el 1859 en El último mono), o del catalán Joan Sariols en la
emblemática “L’Esquetlla de la Torratxa” el año 1864 (que llamó
“Americana” a la habanera); también en la Marina de
Arrieta o La verbena de la Paloma de Bretón, ya a finales de
siglo. En las manos de los compositores españoles, el ritmo antillano
experimentó una nueva hibridación, a apropiarse de giros armónicos
de escalas andaluzas y tetracordios frigios, o bien de ritmos
percutidos, en imitación al estilo flamenco, sobre todo en las
habaneras para guitarra.
Así,
la habanera y el tango, que procedían de América, acabaron por ser
el referente exótico e idealizado de España en las salas de
concierto y en los salones de la burguesía europea. El francés Laló
en su sinfonía española, se inspira en la habanera La
negrita de Iradier, mientras que la sensualidad de Bizet en su ópera
Carmen es una adaptación literal de El Arreglito, también de
Sebastián Iradier. Cuando llegó el año 1898, la canción con ritmo
de habanera ya había comenzado a menguar en la producción de los
compositores españoles, aunque su ritmo todavía continuaba siendo señal
de identidad hispánica en la Rapsodia Española de Ravel. Francesc Cortès i Mir |
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Castillo - Cartuja de Vallparadís en Terrassa |
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